jueves, 14 de mayo de 2009

El día después

Qué gran programa de fútbol. Ahí salió mi pueblo una vez, destacado sobre el resto por no haber ganado ni un solo partido en lo que iba de liga (e iba mucho). Aún recuerdo al portero diciendo que el problema es que se las tiraban por alto y él no lo era mucho (yo concretaría que nada, es incluso más pequeño que yo, y eso es difícil siendo un tío).

El caso es que estos días volvemos a hablar del día después, pero no por el fútbol, sino por otro tema casi tan habitual del fin de semana como ese: la píldora. Por lo visto la van a vender libremente en las farmacias y yo, la verdad, me alegro. Que las niñas se van a pensar que esto es Jauja... bueno, pues que lo piensen. Quien abusa lo hace ya, no se corta por tener que ir al médico, el caso es que no se queden embarazadas sin querer, y que sus padres no decidan que quieren tener otro hijo, porque si lo deciden los padres, el niño es de los abuelos, no de la madre adolescente.

En mi opinión, la venta libre en las farmacias va a evitar embarazos no deseados y situaciones humillantes en los centros de salud que, según y dónde, olvidan que son públicos y se dedican a juzgar moralmente a quien va a pedirla. A mi sólo me han llamado puta una vez y ha sido, precisamente, pidiendo la píldora del día después en uno de estos centros. Sólo les faltó escupirme. Yo sí que tuve un día después. Un día que duró 32 horas, 3 centros y 2 farmacias.

Si en el primero no me la dieron por puta, en el segundo fue por vieja. Por lo visto si tienes un problema y has pasado de los treinta, te las apañas tú con tu reloj biológico. Pero como a la tercera va la vencida, la conseguí. No fueron amables, pero no me juzgaron. Después vino la farmacia, que allí no vendían “de eso”. Afortunadamente, sólo 20 metros más allá, sigue habiendo gente sin prejuicios que deja que cada un@ decida.

martes, 12 de mayo de 2009

Chapuzas a domicilio

¿Os acordáis de las que montaban Pepe Gotera y Otilio? Pues comparadas con la que tenía yo ayer montada en casa cuando llegué de comer, aquellas eran barro.

A las nueve. Esa era la hora de llegada prevista, así que me levanté a las ocho y cuarto de la mañana, calenté agua y me lavé para estar presentable. Digo lavé y no duché, porque llevo sin agua caliente desde el 6 de abril, por eso venían ayer. El plan era sencillo: yo abría, les daba la llave, les indicaba qué muebles debían tapar con los plásticos y me iba a casa de Api a ducharme y luego a buscarla a su curro para comer juntas antes de volver y pagar los 667 euros (IVA incluido) que me iban a cobrar por cambiarme los tubos de entrada y salida de aire de la caldera.

A las nueve y cinco me llama Pepe Gotera, que a Otilio se le ha complicao y se retrasan un poco, que pa’ las once, once y media a más tardar. A las doce le llamo yo, que ya está saliendo, que en media hora llegan. A la una llega Pepe Gotera solo, no hay rastro de Otilio. Le doy las llaves y sólo le pido un favor que tape una estantería, un mueble y la mesa, el resto – de purito aburrimiento – ya lo había apañao yo durante la espera. Él tapa la estantería y me dice que sí, que no me preocupe. Le digo que perfecto y le pido un último favor, que me cuando les quede aproximadamente una hora de trabajo, me avisen para volver y pagarles. La una y cuarto.

A las tres y veintitrés de la tarde hemos acabado de comer, cojo el bolso y miro el móvil. Tengo siete llamadas perdidas, todas de Pepe. Ha pasado algo, pienso yo, porque si el presupuesto era para un día entero de trabajo y sólo llevan dos horas y media... Llamo. Que ya puedo ir, que Otilio ya está tapando los agujeros. Sin dejar de mostrar mi sorpresa por la rapidez (cuando me hizo el presupuesto me repitió unas cien veces que menuda trabajera, que le iba a llevar un día entero) le dije que iba enseguida, que en una hora estaba en casa. Pero el Sr. Gotera tenía algo que añadir: la caldera seguía sin funcionar. Api me acompaña al cajero, yo saco la pasta para pagar y emprendo el camino de regreso con la amenaza de otro día más sin agua caliente en el horizonte y la moral por los suelos.

A las cuatro y media aparco en el garaje de mi casa y llamo al ascensor. Cuando le doy al 3 me doy cuenta de que mi dedo tiene restos de escayola y me da mala espina. Miro al suelo: blanco. Me temo lo peor. Llego al descansillo y la puerta de mi casa está abierta y la empujo. ¿Alguna vez os ha parecido que vuestro salón había sido trasladado en el espacio-tiempo y había vuelto a colocarse en su lugar después de haber sufrido el cerco a Sarajevo durante la Guerra de Bosnia? Yo lo viví ayer.

El salón estaba impracticable, la cocina llena de yeso y el suelo azul del baño ahora era blanco, pero Pepe Gotera sólo repetía una y otra vez que la caldera no funcionaba. Lo comprobé y era cierto, yo seguía sin agua caliente pero los tubos estaban allí, limpios como prueba de que su trabajo estaba hecho y ellos tenían prisa, así que les pagué. Mientras yo intentaba cerrar la puerta, Pepe me recomendaba a un amigo para arreglarme la caldera que “seguro que está rota” y Otilio asentía con la cabeza. Antes de cerrar miré atrás, a la zona de conflicto que se extendía a mi espalda, y pensé que mejor me las apañaba sola, no fuese a mandarme a Manolo y Benito Corporeision.

El resto os lo resumo, porque si hasta aquí mi día de ayer ya se os ha hecho largo, prefiero ahorraros lo que vino después. Limpié el ascensor y descansillo de la escalera. Los muebles ni os los describo, no me habían tapado más que lo que yo vi, el resto soportaron los salpicones de escayola estoicamente. El suelo, of course, lo obvió, ayer lo fregué cuatro veces y sigue blanco. De los dos tubos que tenían que cambiar habían cambiado sólo uno, el que estaba bien. El otro sigue ahí, intacto. En la cocina, justo debajo de la caldera, hay medio kilo de hierba y ramitas que el chico de Gas Natural estuvo sacando durante dos horas y que demuestran lo “limpio” que me lo había dejado. Eso no lo he limpiado, se lo quiero enseñar en persona al Sr. Gotera. Si llega claro, porque ha llamado hace dos horas, que ya venía...

martes, 5 de mayo de 2009

La boda del micrófono

El sábado volví de boda. Esta vez un miembro del clan se nos contraía con una hija del Perú. Así que de buena madrugada cogí al relojero del bracete, y me eché al atasco de la A1 la mañana del 1 de mayo. En cuatro horas nos plantamos en el lugar del evento donde llegué por los pelos. Tras aclarar el misterio de si la contrayente respondería a los estándares de bellezón latinoamericano, entramos al monasterio y el cura, con claro complejo de Miguel de la Quadra pero con menos gracia y sin Celebrities de Muchachada Nui, les casó.

Lo mejor vino en el restaurante. Alguien pidió un micrófono y ahí empezó todo. En la mesa presidencial empezaron a pasarse el aparato de unos a otros. Primero la hermana de la contrayente quiso hacernos partícipes de su emoción. Al oír el choque del tenedor contra la copa de cristal, dejamos el solomillo y escuchamos. No había dado otro bocado a la carne, cuando de nuevo se nos llamó al silencio. Esta vez era el cuñado de la contrayente el que nos demostraba su emoción llorando directamente, llorando por micrófono. A partir de ahí, ya fue el festival del micrófono.
En cuanto veían que seguíamos a lo nuestro, vino de Ribera y solomino castellano-leonés, otra vez el tintineo del tenedor. El novio agradeció nuestra asistencia, igual que unos minutos más tarde y siempre micrófono en mano hizo la madre del novio y, después, el padre del novio (al hermano le tocó más tarde). La novia es huérfana, pero no estaba dispuesta a desaprovechar turnos de micrófono. En sus distintas actuaciones, para esas alturas la carne se había quedado ya fría y tiesa de aburrimiento, le agradeció a Dios y a la Virgen que la “hubiera puesto en el camino del chico guapo de los ojos verdes”, tuvo palabras de recuerdo para sus padres, hermanos, le agradeció al cura que los había casado (y que tenían sentado en la mesa presidencial); también quiso dar un agradecimiento muy especial a la peluquera (impagable cuando la peluquera se levanta para que la aplaudiéramos (¿qué hacía la peluquera en la boda?), como impagable fue cuando se levantó el marido de la peluquera y la besó apasionadamente en medio de la ovación general. A continuación le agradeció a la empresa de los arreglos florales XXX lo bonito que le había hecho los centros y el ramo, y el tal XXXX de los arreglos florales se levantó en la mesa de al lado y todos le aplaudimos.
El recital continuó con palabras para el chófer, para los amigos, para los familiares.... nosotros cogimos los vales de las copas y nos bajamos a la discoteca, donde la música estaba alta, supongo que también fue gracias a Dios y a la Virgen, y a nadie le dio por volver a coger el micrófono.
Aunque yo me fui pronto, y no lo puedo asegurar.

El mes que viene tengo otra, y también promete.

martes, 28 de abril de 2009

El mundo al revés

Si yo tuviera cinco años, pensaría que estoy jugando al mundo al revés, pero como tengo treinta más, va a ser que el juego terminó. Sin embargo cuando hoy he vuelto al bar de abajo de mi ex oficina para tomarme un café y ver a las amigas después de mi pausa norteña, he tenido la extraña sensación de estar en plena partida.

Al llegar, justo después de haberme tenido que duchar con agua fría – ya os escribiré otro día mi modesta opinión sobre los seguros del hogar - me he encontrado con que todo el mundo con el que cruzaba me decía que qué buena cara tengo y, seguro que exagero, pero es la sensación que he tenido, que me miraban con cierta envidia. De la sana, pero envidia al fin y al cabo.

Ha habido un momento que me han dado ganas de decir “eh, hola, ¿hay alguien ahí?, ¡que la parada soy yo!”, pero luego me he parado a pensarlo y me he dado cuenta de que si con la que está cayendo fuera la gente me mira así, es que dentro las cosas deben estar aún peor de lo que recuerdo.

Sólo hace un mes, es cierto, pero me cuentan que la situación ha cambiado. Nada que no esperásemos, pero también es verdad que no es lo mismo verlo que que te lo cuenten. Puede que el no poder interpretarlo en primera persona me deforme la perspectiva. Quizá por eso, y sólo por eso, he tenido esa sensación. Ojalá, porque la visión contraria sí que sería el mundo al revés... lo malo es que esta vez, no sería un juego.

viernes, 24 de abril de 2009

Juntos, nada más

A estas alturas de mes, algunos pensaréis que me estoy ahogando, lo que supongo que no tendréis tan claro es si lo estoy haciendo en alcohol o en agua. La verdad es que, a pesar de lo trágica que me puse en mi último post, ni lo uno ni lo otro. No me ha dado ni por emborracharme ni por llorar, ¡qué le vamos a hacer!, no tengo madera de antiheroína clásica. Sólo estoy out.

No estoy ni triste ni alegre, ni preocupada ni tranquila, ni de brazos cruzados ni hiperactiva, ni haciendo el currículum ni sin pensar en trabajar, sólo estoy dejándome llevar y eso incluye cinco días de hospital en hospital – por nacimientos, no por nada malo – y no tener acceso a internet. Por eso, aunque escriba esto a las 02:36 h. de la madrugada del sábado 18 al domingo 19 de abril, puede que no aparezca publicado hoy, todo dependerá de si reúno fuerzas para nadar a contracorriente – aunque sean tres minutos – y acercarme a algún ordenador con conexión. De hecho por depender, dependo hasta de la batería del portátil (por qué Carrie Bradsow siempre tiene batería y la espalda estupenda a pesar de escribir sus artículos desde la cama el 90% de las ocasiones sigue siendo un gran misterio para mí años después de la desaparición de la serie).

En fin, el caso es que me vine al pueblo convencida de que aquí organizaría mi futuro actualizando el cv y decidiendo a qué país me voy a estudiar inglés los próximos meses y de momento lo único que he hecho es plantearme lo que, antes de venir, me parecía implanteable: ¿y si busco un curro aquí? He pensado desde prepararme una oposición hasta invertir el finiquito en una librería para niños como aquella que tenía Meg Ryan en “Tienes un email”, pero en lugar de ponerla en Nueva York, ponerla en mi pueblo, o en el de al lado. ¿Los niños leen en todas partes, no?

Sé que cuando Api lo lea me dirá que vuelva a Madrid ¡ya!, y que no pierda la cabeza. A lo mejor es sólo el constante nordeste que sopla por aquí, pero confieso que me lo he planteado de verdad.

El caso es que esta noche, viendo la tele – en este aislamiento no todo iban a ser desventajas, mis padres no tienen internet pero tienen un cable estupendo donde ver un montón de series y buenas pelis en versión original – estaba viendo “Esenble, c’est tout” (Juntos, nada más) y cuando en un momento de el guapísimo protagonista le dice a Audrey Tautou que si no quiere nada serio follan pero no la besa, he pensado mi típico “todo no se puede tener” y, de repente, me he acordado de vosotros y me he dado cuenta de que a mi me pasa como a Gillaume Canet, que lo quiero todo: quiero follar y el beso. Quiero la cercanía de mi pueblo y el anonimato de la gran ciudad. Quiero mi vida de aquí y la de allí. Os quiero a todos juntos, nada más.



pd. la familia, que es bien maja, me ha liberado la entrada USB ;-)

jueves, 23 de abril de 2009

Desde el más allá

Como bien dice Api, ando por mi pueblo atendiendo parturientas y, después, me he puesto enferma y ha sido imposible conectarme. Os escribí un post - no sé si bonito o feo, pero sí emotivo sobre el estar aquí y allí y el no estar en ninguna parte - el caso es que lo tengo en el pendrive y no lo puedo subir desde aqui...
En fin, si me animo otro rato con una entrada USB a mano, os lo subo si no... el lunes, I'm back.


pd. os echo de menos.

viernes, 10 de abril de 2009

Madrid no se vacía nunca

Este año en vez de irme de vacaciones de Semana Santa me he quedado. "Ah, muy bien, para disfrutar de Madrid vacío", me decían los que estaban encantados de irse a meter en cuantito mismo dieran las tres en el atasco de la A-3.
La verdad es que después de enganchar dos viajes seguidos, aterricé de Philadelphia el fin de semana pasado, encontrándome más mal que bien (mi espantada de Urgencias al oir la palabra 'cateter' ya la contaré otro día) y he pensado que yo lo que quiero es descansar.
Porque lo de ver Madrid vacío es otra cosa, de esas que no pasan. A pesar de que este años también se atascaron todas las salidas de la capital, como cada viernes y víspera de puente. Ayer por la tarde nos echamos a la calle, rumbo al centro, y ahorro decir que los metros iban petados, los autobuses ni te cuento, atasquito de la gente que se viene al centro en coche aunque saben que hay quince procesiones programadas con el consiguiente corte de calles... lo típico. pero vacío vacío exactamente no estaba. Más bien no se cabía. No habia forma de ver pasar los cristos ni las vírgenes, aunque sí que pudimos oir algunos aplausos y varias saetas y también los fuertes abucheos de una buena cuadrilla que se quejaban desde una hora antes de que saliera del templo la imagen de la iglesia de San Isidro, en la Latina. Cosas de lazos. Lazos blancos.

En un alto en el camino, entre vino y vino, vimos la previsión del tiempo para todo el país estos días, y me alegré aún más de haberme quedado aquí.

miércoles, 1 de abril de 2009

Parecidos ¿razonables?

Nunca lo hubiera imaginado, pero... quedarte sin curro se parece sospecho- samente a que te deje un novio. O al menos, en mi caso, es así. Cuando mi ex me plantó me quedé triste, no porque pensara que no iba a salir de esa, sabía que sí, lo que no sabía es cuánto iba a tardar. Ahora me pasa lo mismo. Sé que sí, pero no sé cuándo.

Recuerdo que entonces también se me quitó el hambre. Ahora me pasa igual, comería, a mi me gusta comer, pero nada me apetece. Hoy he ido a un japo y no me he acabado el shushi... miedo me doy. Aquella vez también me pasó otra cosa: dejé de limpiar mi casa. La mierda se acumulaba a mi alrededor y a mi no me molestaba, la veía, pero no me molestaba. No os quiero contar cómo tengo la cocina.

Puestos a buscar diferencias, aquella vez lloré mucho. Muchísimo. Diría que demasiado. Esta vez en cambio apenas he llorado. Poquísimo. Diría que demasiado poco. Pero ahora, igual que entonces, de cuando en cuando me acuerdo de por qué estoy rara y entonces me entra una sensación de vértigo casi infinita. Un vértigo que me cuesta aceptar por dos cosas: la primera que sé que sólo es miedo, puro y simple miedo a la novedad, y la segunda que yo sabía que podía pasar, no es que lo esperara el día que pasó – siempre confías en que el cielo no caiga hoy sobre tu cabeza -, pero en ambas ocasiones sabía que era una posibilidad a tener en cuenta.

Abandonada rima con parada. A lo mejor es eso... o a lo mejor sólo es que me jode que los cambios en mi vida me los marquen los demás.