
Ahora que poco a poco la gente va volviendo a Madrid –Negra, Lauren se siente pero era verdad lo de que todo pasa y todo llega-, en un verano en que lo de aparcar sin problemas en agosto ha pasado a convertirse en leyenda urbana, voy a seguir hablando de vacaciones. Y no me refiero ya a los diez espléndidos días libres que sigo teniendo en cartera. Ya lo adelantaba el otro día mblue en su primer comentario –gracias por animarte-, las vacaciones no son más que eso, vacaciones, unos días en los que no hay que ir a trabajar. Punto. La vida sigue. No hay que mitificar tanto unas semanas que, en la mayoría de los casos, pasan volando. Pero es curioso, porque parece que estamos obligados a pasarlo siempre y a todas horas bien cuando estamos de vacaciones. A disfrutar como locos. A lograr el “más xxxxx todavía”, para luego venir y contarlo. Si no es que no eres un enrrollao. Porque a ver quién es el guapo que vuelve de vacaciones diciendo que no se lo ha pasado genial, y más si has estado meses planeándolo y te has gastado un pastón. Si vuelves y dices que menudo asco, o que no has estado todo el día, y todas las noches por supuesto, gozando como un calamar, poco menos que te conviertes en un apestado social. No has sido capaz de divertirte. Sospecho que deben sentir algo parecido las anaorgásmicas.
Pues bien. El viernes, camino de la boda de mi mejor amigo, la bosa reconoció no una sino dos veces, que no había tenido buen verano. Que tardó en desconectar, que no dormía bien, que ha discutido con la familia… Es poco habitual escuchar estos comentarios, pero estoy segura de que estas cosas pasan más de lo que se reconocen públicamente.
PD. A estas alturas sigo sin saber cuál ha sido la canción del verano.
PD2. La lata de champanes por fin se ha vaciado. De forma satisfactoria, añado.






